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| [26/06/2012] |
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| El asterisco.
David Gistau |
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La emergencia económica convierte en algo menor cualquier cuestión que no afecte a la prima de riesgo. Ello permite al Gobierno del PP desentenderse sin demasiados reproches de su gente de asuntos que antaño constituyeron prioridades morales. El más flagrante acaso sea el del «proceso» y las víctimas de ETA. Que en la primera legislatura de Zapatero, durante las manifestaciones masivas, fueron un pretexto de desgaste. Mientras que ahora han quedado reducidas a un asterisco del discurso, despachado con algunas frases protocolarias, que no alcanza para conminar a Rajoy a abandonar una actitud contemplativa de la que cabe deducir que acepta las inercias de esta otra parte de la herencia socialista.
La visita de Consuelo Ordóñez a uno de los cómplices del asesinato de su hermano delata esta orfandad. No se trata sólo de que Ordóñez haya desenmascarado ese paripé del perdón concebido únicamente para integrar asesinos en la indefinición del dolor compartido. Es que además se ha quedado a la intemperie mientras era destrozada por la maquinaria propagandística que ahora trata de hacerla pasar por una loca vengativa ajena a esa noción de justicia que afianzó a la sociedad civil a partir del crimen contra Miguel Ángel Blanco. Hay una torsión de los principios que opera desde que el adjetivo «radical» fue traspasado a una parte de la derecha democrática para que las marcas políticas de ETA pudieran ser rescatadas por la lógica de la normalización. Las víctimas que sirven a este propósito son aceptadas como figuración. Las que no son acusadas de montar «circos mediáticos» por no resignarse a la clandestinidad e incluso son machadas en su prestigio personal para anular su fastidioso empeño en que se cumplan cláusulas de la vía Nanclares tales como aclarar las autorías de los asesinatos.
Tenemos un cuajo ya probado para absorber ignominias sin inmutarnos. Por eso, a nadie mueve a escándalo que el PSE esté ensayando un dudoso juego de la empatía según el cual de quien de verdad deberíamos compadecernos es de esos pobres asesinos en serie cuya rehabilitación puede verse entorpecida por los repentismos de una chiflada que ha convertido la memoria de un hermano muerto en el síntoma de una patología vengativa. Y a Rajoy le importa tanto como al primer ministro de las islas Salomón. Al presidente, Jabois lo comparó con Bartleby. La gestión del final del terrorismo es una de esas cosas de las que dice lo mismo que el escribiente: preferiría no hacerlo.
DAVID GISTAU El Mundo
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