Buenos días
Permítanme empezar dando las gracias a todos ustedes por su presencia en este acto y, sobre todo, dando las gracias al Colectivo de Víctimas del Terrorismo por haber tenido la generosidad de distinguirnos con su premio anual a Marcos, a Rogelio y a mí mismo.
En realidad deberíamos ser nosotros los que diéramos las gracias a Covite por el trabajo realizado desde que dio a conocer su primer manifiesto, aquel 28 de noviembre de 1998, para reivindicar su presencia en la vida pública vasca y reclamar el reconocimiento a que tenían derecho las víctimas del terrorismo, de todos los terrorismos porque si algo caracterizó a esta asociación desde el principio es que acogió a víctimas de diferentes grupos y que en aquella declaración inicial reflejó el horror y el sufrimiento que habían provocado toda clase de grupos terroristas, tuvieran el ropaje ideológico que tuvieran.
El contexto político en el que surgió Covite hace casi doce años tiene algunos paralelismos con el momento presente. En la sociedad vasca se había extendido la esperanza de que la tregua que había anunciado ETA poco antes supusiera el final de la violencia, esperanza vana como demostró el tiempo. Y al abrirse aquellas expectativas había comenzado a exigirse a las víctimas generosidad, perdón y olvido como si fuera suya la responsabilidad de que se hiciera efectiva la paz y no de los terroristas que la han impedido durante décadas. Contra aquel ambiente social que eximía de responsabilidad a los miembros de ETA se rebeló Covite y creo que lo hizo con éxito enarbolando las reclamaciones de memoria, verdad y justicia.
La justicia porque la democracia y la libertad son inseparables de la aplicación de la ley y porque no cabe la impunidad ante las violaciones de derechos fundamentales. La verdad porque, como declaró a un periódico chileno José Múgica, el antiguo líder tupamaro y hoy presidente de Uruguay, "la verdad es la forma superior de castigo para los que son responsables de los atropellos". Y la memoria para mantener vivo el recuerdo de las víctimas como vacuna frente a futuras tentaciones.
Al hilo de esta idea de memoria quiero aprovechar la presencia en este acto de representantes del Gobierno vasco, del PSE y del PP para felicitarles por el esfuerzo que están realizando para sacar adelante el Plan de Convivencia Democrática y Deslegitimación de la Violencia a pesar de la oposición que están encontrando. Hemos visto estos días cómo ha rebrotado en algunos discursos de oposición a ese plan la querencia por la vieja equidistancia que creíamos superada, aquella que invocaba "todas las violencias" o "la violencia venga de donde venga" para no llamar por su nombre al terrorismo de ETA.
Dado que la justificación principal de ETA en las últimas décadas ha sido la de combatir el actual marco político, una de las vías esenciales para deslegitimar el terrorismo es defender la validez del sistema democrático derivado de la Constitución y el Estatuto, fruto de la decisión libre de los ciudadanos, con independencia de que algunos puedan albergar deseos de cambiarlo. La legitimidad del actual modelo de autogobierno vasco debe ser defendida frente a quienes han provocado centenares de muertos para cambiarlo.
Un segundo requerimiento que debe contemplar ese plan es la presencia de las víctimas del terrorismo en las aulas, unas aulas en las que hay todavía un 15% de jóvenes que legítima la actividad de ETA y un porcentaje similar que muestra actitudes ambiguas. A la vista de esos datos, la urgencia para el sistema educativo, sin perjuicio de inculcar en los alumnos el conocimiento y respeto genérico hacia los derechos humanos y la denuncia de cualquier vulneración, debería ser atajar la simpatía hacia ETA que existe entre una parte del alumnado para evitar que algunos de esos jóvenes dentro de pocos años se conviertan en terroristas.
Los terroristas se esfuerzan por hacer desaparecer el carácter de persona de sus víctimas. Acentúan para ello los elementos abstractos presentándolos como enemigos de Euskal Herria o niegan simbólicamente su condición humana como hacen al identificar a los policías como "perros". Todo lo que sea soslayar la condición humana de las víctimas facilita la aceptación del crimen como un acto político y todo lo que resalte a la persona hace más difícil justificar el asesinato.
La mejor forma de combatir esa actitud justificadora del asesinato es mostrar a las víctimas como personas de carne y hueso, no como un concepto abstracto ni como una realidad estadística, sino como alguien con nombre y apellidos que sufre por culpa de ETA. Personalizar los efectos del terrorismo ayuda a combatirlo. La propia ETA, en 2004, respondió irritada a una campaña del Gobierno vasco en recuerdo de las víctimas diciendo que "en la base" de aquella iniciativa estaba "el propósito de desfigurar el conflicto político".
Cuentan que el dirigente de ETA Txomin Iturbe, recibió en Argel al primer enviado del Gobierno español, en 1986, diciendo "si te llego a encontrar en la calle te doy dos hostias" y lo despidió indicándole que "dentro de unos meses estaremos tomando vinos juntos". Es la diferencia entre matar a alguien en abstracto y conocerlo de forma personal y cercana. Muchos jóvenes en este país han ingresado en ETA llevados por un sentimiento aventurero e idealista. Si conocen de cerca los daños de la acción de ETA en personas con nombres y apellidos es muy posible que esa visión juvenil idealizada desaparezca a tiempo.
Las víctimas han sido invisibles durante mucho tiempo. Lo eran para los medios de comunicación y para el poder, pero también lo eran para la sociedad vasca que volvía la espalda a todos aquellos que sufrían los ataques de ETA. Las familias de muchos asesinados se han encontrado con que sus vecinos y hasta los amigos de antes se alejaban de ellos, como si estar en el punto de mira de ETA fuera algo contagioso. No querían que se les viera al lado de aquellos a quienes ETA había atacado, no fuera que los terroristas y sus redes de apoyo les confundieran también a ellos. De esta forma, las familias de las víctimas, por haber sido atacadas, se encontraban con un doloroso vacío social a su alrededor.
Ser víctima de ETA en el País Vasco no sólo era una desgracia: era un estigma. Por eso había familias que ocultaban esa circunstancia. Un ejemplo patético y muy revelador de esa situación se podía ver el pasado 17 de febrero en El Diario Vasco que publicaba una entrevista con la viuda de un empresario asesinado en 1981. El titular era impactante: "He pasado 29 años diciendo que mi marido había muerto de accidente de coche".
Gracias al trabajo de organizaciones como Covite las víctimas han dejado de ser invisibles. Ese es un cambio histórico como reconoce el profesor Reyes Mate en un trabajo elaborado para el Laboratorio de la Fundación Alternativas. "Víctimas ha habido siempre, pero hasta ahora eran invisibles porque se las consideraba el precio obligado de la marcha de la historia -indica Reyes Mate-. Ahora se han hecho visibles y eso significa que entienden su situación no como algo natural o inevitable, sino como una injusticia que espera respuesta".
La ponencia señalaba que los violentos no contaban con ellas, con las víctimas, ni tampoco los demás, pero ahora "están ahí" y "nada podrá hacerse sin ellas". "Se acabó el tiempo en que matar, extorsionar, torturar o amenazar eran excesos circunstanciales que podían borrarse tan pronto como el ejecutor decidiera abandonarlos -añade-. Ahora son injusticias cometidas contra inocentes que piden justicia".
El libro "Vidas Rotas", que ha sido posible gracias a la generosidad de la Fundación Víctimas del Terrorismo, quiere contribuir a conservar en la sociedad española la memoria de las víctimas de ETA porque creemos que mantener viva la memoria de las víctimas supone la derrota de los terroristas. Es un reflejo del dolor provocado por medio siglo de actividad terrorista, pero ni siquiera es el reflejo de todo el dolor porque el sufrimiento provocado por ETA ha sido mucho más grande que el causado a las personas asesinadas y a sus familias.
Esta publicación, memoria triste pero necesaria, recoge la historia de los asesinados por ETA, pero retrata también la crueldad y el odio de los asesinos.
El terrorista no quiere verse como un asesino voluntario y prefiere, en el peor de los casos, identificarse como la pieza de un destino inexorable del que él no tiene el control. Es la historia o la voluntad del pueblo las que le han llevado a matar por la causa, no su propia decisión, dicen sus defensores. Se siente un personaje de tragedia griega movido por fuerzas superiores, lo que evita tener que asumir su responsabilidad personal en el acto homicida de quitar la vida a otro hombre.
Pues bien, aunque parezca una obviedad, hay que señalar que los asesinos no son víctimas sino verdugos y que en calidad de tal deben quedar reflejados ante la historia. Y eso es lo que se consigue cuando el reconocimiento público de las víctimas les obliga a enfrentarse a las consecuencias humanas de sus hechos.
Se trata, como dice Reyes Mate en el trabajo antes citado, de que quien mata tome conciencia de la injusticia que comete y del daño que ha causado a la víctima. La paz no es el silencio de las armas, sino "enfrentarse crítica y responsablemente con la injusticia causada". "Sólo así, reparando la injusticia, quienes hayan sido violentos o quienes hayan tolerado la violencia podrán convertirse en sujetos que construyen la paz", afirma.
Muchas gracias
Florencio Domínguez |