10 Aniversario Colectivo de Víctimas del Terrorismo en el País Vasco
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ARTÍCULOS DEL X ANIVERSARIO
MEA CULPA
El pasado 9 de noviembre se cumplieron 70 años de lo que en Alemania se conoce como "la noche de los cristales rotos". En esa fecha de 1938, las sinagogas fueron incendiadas, los comercios regentados por judíos fueron atacados y saqueados y sus domicilios fueron demolidos. Tanto los medios de comunicación como la clase política y la sociedad alemana en general han recordado este aniversario. También, la Iglesia católica alemana. Una Iglesia que pese al tiempo transcurrido no olvida su parte de responsabilidad por omisión en el horror que se inició aquella noche y que desembocó después en el exterminio de 6 millones de judíos, amén de otras muchas atrocidades. Una Iglesia, también, que reconoce su pecado y pide perdón. Por su interés, he aquí algunos de los testimonios de los que he sido testigo el citado domingo.

Durante la homilía, el celebrante que ofició la misa en la parroquia de San Rafael, de Heidelberg, recordó las palabras pronunciadas en su día por el que fuera Primer Canciller de Alemania después de la Segunda Guerra Mundial, Konrad Adenauer (1949-1963): "pienso que si todos los obispos se hubieran puesto de acuerdo en un determinado día para manifestar conjuntamente antes las cancillerías su oposición frente a tales hechos, hubieran podido prevenir mucho de lo que después aconteció. Eso no ocurrió y no existe perdón para ello".

Por su parte, el obispo auxiliar de Hamburgo escribió lo siguiente con motivo del aniversario de este año: "Nos preguntamos hoy: ¿Cómo pudo suceder en tiempos de paz que, ante los ojos de la Cristiandad alemana las Sinagogas fueran incendiadas y los judíos humillados sin que existieran ni una protesta abierta ni un signo de solidaridad? ¿Por qué callaron las iglesias? Esto no entra ni en mi corazón ni en mi entendimiento". Un tercer testimonio lo encontramos en el escrito redactado por el Consejo de Iglesias Cristianas de Baden-Württemberg, un Consejo que agrupa en su seno con una perspectiva ecuménica a casi una veintena de iglesias diferentes: la Iglesia armenia-apostólica ortodoxa, la Iglesia baptista evangelista, la Iglesia anglicana episcopal, el Ejército de Salvación, la Iglesia evangélica-luterana, la Iglesia evangélica metodista, la Iglesia católica (Archidiócesis de Friburgo y Diócesis de Rottenburg- Stuttgart), Metrópoli griego-ortodoxa, la Iglesia griega-ortodoxa, la Diócesis serbia-ortodoxa para Europa Central, la Iglesia sirio-ortodoxa de Antioquia en Alemania y la Agrupación de comunidades menonitas en Baden-Württemberg.

En el documento redactado con motivo del 70 aniversario de los hechos de que fueron víctimas ciudadanos judíos el 9 de noviembre de 1938, el Consejo de Iglesias Cristianas de Baden-Württemberg manifiesta lo siguiente: "Cuando contemplamos los atentados a las sinagogas judías, a las propiedades, personas y vidas de conciudadanos judíos, nos invade la vergüenza porque entonces las iglesias, en gran medida, callaron. La culpa acumulada por ese silencio y por ese apartar la vista nos hace preguntarnos hoy sobre nuestra responsabilidad y nos apremia de nuevo a volver atrás".

Evidentemente, en el País Vasco no ha habido exterminio de judíos pero desde comienzos de los años sesenta del siglo pasado el número de ciudadanos vascos que han sido asesinados, secuestrados, extorsionados, amenazados, perseguidos o que han tenido que desterrarse no ha dejado de aumentar. En un estudio reciente (2007), titulado «Evolución de la población española en el siglo XX», publicado por la Fundación BBVA y dirigido por el economista Julio Alcaide, consta que el número de personas que desde los años ochenta han tenido que abandonar el País Vasco -destierro forzoso- por obra del terrorismo de ETA es superior al número de exiliados políticos provocados por la Guerra Civil española: casi 200.000 frente a unas 120.000. El número de los asesinados ronda el millar, los amenazados según los datos de Gesto por la Paz son unos 40.000 y desconozco las cifras de los mutilados y extorsionados. En conjunto, una fotografía bien real, y a menudo oculta, del País en el que -como dicen muchos- tan bien se vive y tan bien se come. En especial, algunos.

A pesar de la crudeza que presenta la situación del País Vasco real desde el inicio de la actividad terrorista de ETA, llama la atención que, a diferencia de lo ocurrido en la Iglesia católica alemana, en la Iglesia diocesana guipuzcoana nunca haya habido una reflexión del tenor de la alemana en relación con su comportamiento con las víctimas del terrorismo. De hecho, en la Iglesia local del País Vasco hubo que esperar a que viniera un obispo palentino (D. Ricardo Blázquez, quien además fue insultado y denostado por un sector del nacionalismo vasco por el enorme pecado de no hablar la lengua vasca) para que en esta Iglesia local del País Vasco por vez primera uno de sus obispos pidiera expresa y públicamente perdón a las víctimas del terrorismo por la falta de caridad con la que habían sido tratadas hasta entonces. Esto lo hizo D. Ricardo Blázquez en noviembre de 2000 y volvió a reiterarlo tiempo después (no puedo acreditar aquí la fecha al tener estos datos en mis archivos en España).

Se trató de un gesto excepcional que, por desgracia continúa sin ser acompañado de gestos similares por parte de los responsables de las diócesis de Álava y de Guipúzcoa. En Guipúzcoa, con el Obispo anterior, un gesto de ese tipo fue imposible pues siempre primó su empatía con el nacionalismo vasco. Un nacionalismo vasco que, de la mano del anterior Diputado General Sr. González de Txabarri, le retribuyó hace unos años esa empatía con la medalla de oro de Guipúzcoa. Es sabido que con las víctimas del terrorismo Monseñor Setién fue gélido. Lo dijeron ellas y él también manifestó que el pastor no quiere por igual a todas sus ovejas. No es de extrañar, por tanto, que todavía hace poco quien fuera su Vicario general, pese a haber dedicado muchos años de su vida a estudiar la de Jesús, se descolgara en sus comentarios dominicales al Evangelio en este mismo diario calificando a Jesús como "Hijo de emigrantes", con ocasión del comentario que hizo al relato de la huida de la Sagrada Familia a Egipto para evitar el asesinato del niño Jesús por Herodes (DV, 30-12-2007). Curioso concepto de la emigración o patético ejemplo de no querer llamar a las cosas por su nombre ya que, como Jesús, han sido muchos los vascos que cuando él era Vicario general, iban ya abandonando a cuentagotas el País Vasco sin que ni él ni su superior inmediato pronunciaran nunca una palabra al respecto. Obviamente, la huida a Egipto no fue emigración sino exilio como tampoco ha sido emigración sino destierro lo que han experimentado los vascos que han abandonado el País Vasco como consecuencia de la persecución y de la amenaza. Curioso, también, el paralelismo de Jesús con esos vascos pues Él, como ellos, también fue perseguido y asesinado por gente de los suyos, de su propio pueblo. Con tales precedentes, la llegada de Monseñor Uriarte significó un cambio y, aun agradeciendo el pequeño avance que pese a algunos errores han supuesto estos años de su ministerio, es de lamentar que la Iglesia diocesana de Guipúzcoa no haya imitado todavía el gesto del hermano bilbaíno hacia las víctimas del terrorismo, cuando es evidente que hay motivos sobrados para hacerlo. En la línea de lo manifestado por la Iglesia católica alemana respecto del nazismo también aquí, y en relación con nuestra diócesis guipuzcoana, cabe preguntar hasta cuándo van a perdurar las resistencias a reconocer la falta de caridad con las víctimas del terrorismo y la responsabilidad acumulada por tanta pasividad y silencio. En definitiva, el pecado, la culpa y, por tanto, la necesidad eclesial de pedir perdón.

Monseñor Uriarte todavía tiene tiempo para hacerlo y muchas víctimas se lo agradeceríamos. En especial las que, como yo, además de serlo pertenecemos a la misma comunidad de creyentes y llevamos muchos años experimentando en su seno el papel del extranjero de la parábola quien, agredido y abandonado en el suelo tras ser apaleado, ve cómo el sacerdote que pasa por allí (léase aquí cualquier cristiano) no se detiene porque no identifica en él a un hermano necesitado sino tan solo un obstáculo que puede retrasarle en su llegada al templo. Aunque no guste, esta es en cierto modo nuestra realidad eclesial sobre este particular. Una realidad de silencio, pasividad y ausencia de caridad con las víctimas del terrorismo con las que, paradójicamente, se dice compartir la misma fe y las mismas celebraciones sin que surjan, al parecer, interrogantes ante la injusticia hecha carne presente en las mismas. Se trata, así, de una fe sin obras y de una actitud que refleja la convicción de la ausencia de pecado ante una situación en la que todos, por acción o por omisión, han tomado postura. Y sin conciencia de pecado no hay tampoco conciencia de la necesidad de pedir perdón. Por eso, no deja de ser paradójico que en sus escritos Monseñor Uriarte pregone la necesidad del perdón y de la reconciliación y, sin embargo, no sea la Iglesia diocesana la que dé el primer paso. Bueno, no es que no dé el primer paso. Es que, hasta la fecha no ha dado ninguno en esa dirección.


Carlos Fernández de Casadevante Romani
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