10 Aniversario Colectivo de Víctimas del Terrorismo en el País Vasco
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X Premio Internacional Covite
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DISCURSOS DEL X PREMIO INTERNACIONAL COVITE
Joseba Arregi
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Covite-ko presidentea, Covite-ko lagunak, agintari eta adiskide jaun andreak:

Nire hitz hauek lehendabizi esker oneko hitzak izan nahi dute. Badakit sari hau niri ematea erabakitzerakoan zuen nirekiko esker ona adieraztea izan dela arrazoietako bat. Eskerrak, ustez behintzat zerbait egina izango dudalako, zuen iritzian, ETAk erahildakoen oroimenaren eta beraien sendikoen alde. Ezer egin izan badut ere, ordea, egin beharreko zerbait izango zen, ez meritu berezia duen zerbait.

Eskerrak, aldiz, nik eman behar dizkizuet zuei. Edo hobeto esateko: zuek bizirik iraunarazten diozuen oroimenari, ETAk erahildako zuen ahaideen oroimenari. Horri, oroimen horri zor baitiot nik neurri haundi batean garai nahasi luzeegi hauetan ifarra ez galdu izana eta nire duintasun apurrari eutsi ahal izana.

Arro nago, bai, uste izan duzutelako sari hau eskuratzeko behar hainbat merezimendu bildu ditudala. Orainarte jaso ditudan beste sariez arro nagoen bezala, guziak hildo beretik doazelako: Andoain-go udalak ematen duen Rikardo Arregi gazetaritza saria, José Luis López Lacalle saria, Maite Torrano saria, eta orain hau. Guziak niretzako askatasun bidean dauden ikurrak baitira.

Sari guzi hauekin, eta batez ere orain ematen didazutenarekin erregu bat, erantzukizun bat, lan bat loturik datorrela iruditzen zait: une zail, konplexu, itxaropentsu eta, era berean, arriskutsu hauetan ez diezaiodala uko egin aurrerantzean ere askatasunaren aldeko lanari, erahildakoen eta zapaldutakoen orimenean oinarritzen den askatasunaren aldeko lanari.

Egia aitortuko dizuet: garai txarrean, niretzako garai txarrrean otu zaizue niri saria ematea, nekaturik bainago, zuetako asko bezala. Gehiago: asperturik nago, iruditzen zaidalako zuei, biktimei zuzentzen zaizkizuen  hitz borobil, anpatu, geroz eta sentimundu puztuagoz jositako hitzen atzean ez dagoela zuek biktima izatea eragin duen erahilketak bere ondorio eta esanahi serioski politikoan barneratzeko inolako gogorik ez interesik.

Es cierto: este premio me coge cansado, aburrido, entristecido, desilusionado y bastante harto. Nos repiten una y otra vez que debiéramos estar contentos, felices, porque el fin de ETA está próximo, porque quienes más han hecho por otorgarle legitimidad a sus asesinatos no han tenido más remedio que entrar en la vía de la legalidad y se han convertido ahora en autoridades del Estado que rechazan. Y cómo no vamos a estar contentos, cómo no vais a estar contentos de que el causante del asesinato de vuestros parientes, lo que os ha constituido como víctimas del terrorismo, esté en trance de desaparecer. Al menos como organización, perdiendo su capacidad de seguir asesinando.

-Un inciso antes de seguir provocado por la noticia del fin de semana pasado. Ese fin de semana es un  buen ejemplo de lo que quiero decir: Los presos de ETA se suman al Acuerdo de Gernika para el fin de la violencia, El colectivo de reclusos de la banda se compromete a impulsar hasta el final el proceso democrático. Es el titular de un medio de comunicación vasco. Y la reacción de muchos líderes políticos es el de alegría: cada vez es más irreversible la desaparición de la violencia terrorista de ETA. La paz está cada vez más cerca, afirman no pocos. Aunque no se pida la desaparición de ETA, sino la declaración de un alto el fuego permanente… como expresión de voluntad para un definitivo abandono de su actividad armada.

Y uno se pregunta qué se esconde tras estas formulaciones complicadas, que sólo retrasan lo que es necesario, que sólo sirven para esconder los asesinatos tras palabras como actividad armada.

Pero es que además en el acuerdo de Gernika se dice que se debe asumir el compromiso de aceptar cualquier acuerdo alcanzado en las negociaciones multipartitas, que no lo son, pues también deben participar, además de los agentes políticos, los sindicales y los sociales. Negociaciones para conseguir un acuerdo incluyente, pero con condiciones: sobre el reconocimiento tanto de la realidad nacional vasca como del derecho a decidir, y el respeto a la voluntad popular democrática sobre el modelo jurídico-institucional interno, y sobre el tipo de relaciones con los Estados, incluida la independencia. Es decir: el acuerdo debe ser incluyente, pero quedan fuera los que no compartan las condiciones que acabo de citar. Y me imagino que la definitiva desaparición de la actividad armada queda condicionada a conseguir este acuerdo incluyente que implica la consecución del proyecto político de siempre de ETA. Y termina el acuerdo de Gernika hablando de la necesidad de un reconocimiento, reconciliación y reparación de todas las víctimas originadas por el conflicto político y la realidad de las múltiples violencias.

Comprenderán que es una alegría la que produce la noticia muy mezclada con interrogantes y preguntas muy serias, porque a todo ello añaden los presos que no puede haber ni vencedores ni vencidos: los verdugos y las víctimas en el mismo plano, sin diferenciar entre ellos, todos iguales. ¿Se acuerda alguien de aquello del empate eterno que sólo se podía romper por medio de la negociación política? Pues aquí nos ofrecen un empate eterno, ni vencedores ni vencidos, un empate basado en borrar todas las diferencias entre los asesinos y los asesinados.

Pero sigo con la alegría que debiéramos tener, que tenemos, pero que no esconde nuestras preocupaciones.

Porque no puede haber alegría que impida preguntarse en qué consiste ese desaparecer de ETA, si es que se produce y cuando se produzca. ¿Será un acto, un momento, un papel firmado, una simple desaparición por inoperancia, y ya está? ¿O la desaparición de ETA debiera significar algo más, asumir una historia, una historia ilegítima, derivar y extraer las consecuencias necesarias de esa ilegitimidad, analizar los efectos culturales, morales, éticos y políticos que los asesinatos, la existencia de ETA han tenido para el conjunto de la sociedad vasca, y aprender la lección para que el futuro de la sociedad vasca no se base en las razones que sirvieron para matar?

Hay desapariciones y desapariciones, hay formas de acabar distintas, hay finales de historia diferentes: algunas sirven para cerrar el libro, olvidar todo y seguir viviendo como si nada hubiera sucedido. Y entonces la desmemoria es la madre de la que vuelve a nacer la misma tragedia no recordada.

Estamos contentos e ilusionados, sí. Pero lo estaremos de verdad cuando tengamos –perdonad que hable como si perteneciera a vuestro colectivo sin ser víctima- la garantía de que el futuro de la sociedad vasca, su definición política no se basará en las razones que motivaron y legitimaron el asesinato de vuestros padres, hermanos, parientes y amigos. Es decir, lo contrario de lo que proclama el acuerdo de Gernika que ha pasado para algunos a ser la nueva Biblia de la política vasca.

Y queremos estar más contentos y más ilusionados de lo que estamos. Y lo estaremos cuando tengamos la seguridad de que la historia no se va a olvidar, cuando estemos seguros de que se toman medidas para que la narrativa correspondiente a los años del terrorismo no la escriban quienes lo han practicado, lo han justificado y lo han encubierto, cuando estemos seguros de que el futuro no se va a construir sin terrorismo pero con el proyecto de los terroristas. Sabemos que sólo entonces las víctimas podrán proceder a trabajar su propio duelo privado, algo que realmente necesitan, porque la dimensión pública de lo que las ha constituido como víctimas está ya garantizada en justicia, reparada en justicia y libertad.

Mientras tanto, no voy a decir que tengamos el derecho, pero sí la obligación de no olvidar, de mantenernos vigilantes como ciudadanos, y de mostrar nuestra hastío y nuestra indignación cuando vemos determinados comportamientos, y de mostrarlo en público y dejarlo bien patente.

Porque estamos cansados y hartos de la desmemoria que se nos quiere imponer a todos. Y quizá añadiría a la desmemoria la desvergüenza, porque ahora vemos en las primeras filas de la procesión a quienes no hace tanto tiempo predicaban la necesidad de dialogar con ETA, de negociar políticamente con ETA, porque  de otra manera ETA no terminaría nunca y seguiría matando. ¿O nos hemos olvidado ya todos de que hubo un proyecto político que se nos vendió como la receta necesaria para que finalizara el terrorismo de ETA? ¿O es que nos hemos olvidado de que quienes decían no a la negociación política con ETA eran tildados de antidemócratas, de desconocedores de la historia -¡cuántas veces hemos escuchado aquello de que todos los terrorismos y todas las situaciones de violencia en la historia han terminado por medio de negociación, se les acusaba incluso de desear la perduración de ETA, porque así el nacionalismo en su conjunto estaba maniatado?

No podemos, ni debemos olvidar esta nuestra historia, no tan lejana, sino muy reciente, porque si lo olvidamos seremos incapaces de un futuro en libertad. Como tampoco podemos olvidar, ni lo debemos, que lo que ahora está sucediendo, y tendremos que hablar de lo que está sucediendo y de lo que no está sucediendo,  es fruto de la explosión de la burbuja que tuvo atrapada a la sociedad vasca durante demasiado tiempo. La burbuja en forma de mito, un mito que decía que ETA era imbatible, que ni Franco pudo con ella, que si se detenía a un comando, inmediatamente surgía otro, que si se adoptaban medidas de ilegalización de los partidos cobertura de ETA cientos de miles de jóvenes vascos iban a pasar a la clandestinidad,  las famosas nubes negras que amenazaban con cubrir el cielo de Euskadi.

Pero bastó que el Estado de derecho tomara la decisión de no dejarse condicionar en su política antiterrorista por nadie, sólo por la ley y el derecho, para que el mito se derritiera como un azucarillo, para que la burbuja se mostrara como lo que es: una simple burbuja. Y del mito de la imbatibilidad de ETA se pasó a la esperanza de que ETA podía ser derrotada, de que ETA podía desaparecer, que podríamos vivir, en un futuro no demasiado lejano, sin la carga distorsionante y asesina de ETA.


Pero todo ello fue fruto de la decisión del Estado de derecho de afrontar el problema del terrorismo con todos los medios del Estado de derecho a su alcance. Todo ello fue fruto del Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo, fruto de la Ley de Partidos Políticos, de la alternativa eficaz que el Estado de derecho le planteó al conjunto ETA/Batasuna: se acabó el jugar en dos campos a la vez, en el campo del terrorismo y de la actividad antisistema, y en el campo de las instituciones democráticas. ETA/Batasuna debía elegir: o en uno, siguiendo con el terrorismo, o el en otro, renunciando al terrorismo.

Es en este contexto, y en ningún otro, en el que la llamada izquierda nacionalista radical no tuvo más remedio que iniciar sus llamadas reflexiones, que no son otra cosa que ajustar su táctica a las nuevas condiciones establecidas con claridad, y por primera vez, por el Estado de derecho. Es en este contexto, y en ningún otro, en el que la sociedad vasca, su mayoría, empieza a distanciarse claramente de la violencia y del terror de ETA. Primero fue la decisión clara del Estado de derecho y luego la reacción de la sociedad vasca, y no a la inversa como proclaman los que se han puesto a encabezar la procesión para tratar de recoger los frutos de lo que ellos no han hecho.

Porque tampoco podemos ni debemos olvidar que muchos de los que ahora se apuntan al éxito, muchos de los que ahora exigen de los demás que sean capaces de extraer las consecuencias de los pasos que va dando la izquierda nacionalista radical han estado, estuvieron, y siguen estando, en contra de cada una de las medidas que han hecho no sólo posible, sino obligado y necesario que la izquierda nacionalista radical se haya movido en la dirección que lo ha hecho. ¡Qué no hemos tenido que escuchar por defender el Pacto por las libertades, por defender le legitimidad democrática de la Ley de Partidos Políticos.

Esta voluntad de no olvidar no tiene nada que ver con ajuste de cuentas, con la satisfacción de que la historia vaya dando la razón a unos y quitándosela a otros. No. Tiene que ver con el convencimiento argumentado de que no hay futuro en libertad si no se recuerda lo que ha puesto en peligro esa libertad en el pasado. Es sólo la voluntad de libertad la que obliga a no olvidar, para no caer en los errores del pasado, para extraer las enseñanzas necesarias y corregir el camino equivocado seguido en el pasado. Cualquier otra pretensión de nuestra parte y vuelvo a pediros perdón por hablar en vuestro nombre sin ser uno de vosotros sería absurda, pues sois, somos conscientes de nuestro sitio, de nuestro lugar social, un sitio marginal, minoritario, un sitio molesto para el resto de la sociedad, para la mayoría.

Pero desde ese lugar de marginalidad no podemos, ni debemos olvidar que es en los momentos de la victoria de la democracia, como gustan repetir nuestros políticos, en los que se puede perder todo, o casi todo, en los que lo más importante puede estar en juego. Porque nos mantenemos alerta ante el discurso tan insistente de lo nuevo que está sucediendo, de la importancia de los pasos que está dando la izquierda nacionalista radical, e incluso la misma ETA, ante los gloriosos tiempos nuevos que se nos anuncian. Y nuestra prudencia no se deriva de una voluntad de fastidiar la fiesta, de no ver lo que sucede, de no valorar lo positivo que hay en los pasos que se están dando.

Claro que es importante que haya presos que aceptan el sistema cuando deciden distanciarse de las órdenes de ETA y aceptar trabajos, redimir penas, reclamar un cambio radical de estrategia, cuando manifiestan disposición a reconocer el daño causado por sus acciones. Claro que es importante que desde las filas de la izquierda nacionalista radical se afirme que su apuesta de futuro sólo contempla vías políticas, y que condenan toda violencia, todas las formas de violencia. Claro que es importante constatar que la alternativa que les ha impuesto el Estado de derecho les lleva a redactar estatutos para un partido político nuevo en los que se contempla el rechazo a la violencia, aunque sepamos que cuando lo explican en público siempre lleva una coletilla: todas las violencias, lo que incluye la violencia legítima del Estado, es decir condenan todas las violencias porque así condenan, también, el sistema Estado de derecho.

Pero junto a todas esas constataciones no podemos dejar de ver que todas ellas, de alguna forma, se quedan ante portas, que no llegan a entrar en el meollo de la cuestión, que no terminan de decir lo que tenemos el derecho a exigir que digan, y no por regalar nuestros oídos, sino que, de nuevo, por y para defender la libertad de  todos. Porque ETA sigue existiendo, porque estando ETA en situación de extrema debilidad la izquierda nacionalista radical no se atreve a exigirle su disolución, porque la izquierda nacionalista radical, porque Batasuna, se muestra incapaz de condenar la historia de terror de ETA, porque lo que causó daños no fueron acciones, sino asesinatos, porque la frase de condena de todo tipo de violencias no es de recibo, pues es la violencia ilegítima de ETA la que debe ser condenada, no la violencia legítima del Estado de derecho, porque el daño causado lo fue a la libertad y a la convivencia en paz que se basa en aquella, al bien supremo de una comunidad política, a aquello que la constituye como política en democracia, la garantía de la libertad y el pluralismo basados en el derecho.

En definitiva, somos prudentes y estamos alerta porque en la sociedad vasca se debe escuchar con claridad, y dicha por parte de quien lo tiene que decir, la  izquierda nacionalista radical, que se condena la historia de terror de ETA, que se respeta el Estado de derecho, y sobre todo, que el futuro político de Euskadi, de la sociedad vasca no se puede construir, ni definir  sobre la base del proyecto que sirvió para motivar, causar y legitimar todos los asesinatos de ETA. Y esta última exigencia, la garantía de que esto no va a ser así, pues significaría volver a asesinar a los ya asesinados por ETA, porque significaría declarar que su asesinato sirvió para algo, porque significaría dar por bueno cada uno de esos asesinatos, se dirige a todos los partidos políticos vascos.

Debemos seguir siendo prudentes y seguir en estado de alerta porque existe la amenaza real de que en el maremagnum de palabras, afirmaciones, gestos, teorías, proclamaciones de novedad, de pasos nuevos, aunque sean recurrentes, perdamos de vista lo que importa: terminar con ETA, que no consiste sólo en la desaparición de la organización, sino que es mucho más, terminar con una historia, con unos valores negativos, con una cultura, con vicios que hemos ido adquiriendo, con legitimaciones que se nos han incrustado en los vericuetos del cerebro, con una pérdida de los fundamentos básicos de lo que constituye la democracia como Estado de derecho y como cultura constitucional.

Y todo ello requiere una narrativa clara, todo ello requiere una historia de lo que ha sucedido en nuestra sociedad de la mano de ETA y de todo lo que se ha movido en el entorno de ETA. Y esa historia no se puede escribir desde la perspectiva de quienes han sido los causantes de los asesinatos, de las amenazas, del secuestro de la libertad, de la conculcación de los derechos, de las extorsiones, del daño a la democracia, al Estado de derecho y a la cultura constitucional. Debe ser otra historia, la historia del grito de silencio de los asesinados por no encajar en el proyecto político de ETA, por representar, directa, indirecta o casualmente el pluralismo, el mestizaje, la no homogeneidad, la diversidad de sentimientos de pertenencia, la garantía institucional de la libertad que se basa en todo ello, el Estado de derecho, la cultura constitucional.

Pero lo contrario es lo que está sucediendo. Como por arte de magia los asesinos y sus acompañantes se están convirtiendo en los héroes, son ellos los que nos traen la paz, como se atrevió a proclamar un líder político, son ellos los que reflexionan, los verdaderos demócratas, los que abren el proceso democrático, los que tienen derecho a dirigir nuestras instituciones. Son ellos los que se colocan en la trayectoria de las víctimas de la guerra civil y de Franco, reclamando así para ellos, para ETA, la legitimidad de esas víctimas. Son ellos los que nos quieren dar lecciones desde el banquillo de París donde son juzgados, advirtiéndonos que aunque desaparezca ETA no habrá desaparecido el Conflicto, son ellos los que se creen en el derecho de reclamar pasos a los demás, al Estado, porque, en su opinión, ellos ya han hecho lo suficiente: siguen con la misma táctica de condicionar, al precio que se les ocurra en cada momento, sus decisiones.

Y no se dan cuenta, o se dan cuenta, pero no están dispuestos a aceptarlo porque constatan que el resto de partidos y hasta a veces las instituciones democráticas son condescendientes con ellos, que si en algo pervive Franco es en ellos, en ETA y en sus actitudes e ideas, que si algún conflicto existe, y existe un conflicto, es el que representa ETA y su violencia terrorista, su proyecto totalitario y excluyente, que si existe algún enemigo de la libertad en Euskadi hoy es ETA y todo lo que le ha acompañado, y por desgracia todavía le acompaña porque no quieren cortar el cordón umbilical de una historia de terror compartida, de una identidad compartida, de un proyecto político compartido.

Y todos deben saber, es por lo menos lo que debemos gritar desde la memoria de las víctimas asesinadas, que no hay libertad sin la garantía del Estado de derecho, que no hay libertad sin reconocimiento del pluralismo de las sociedades, en nuestro caso, sin reconocimiento del pluralismo estructural, de la complejidad estructural de la sociedad vasca que sólo permite la vía del acuerdo entre diferentes y no la solución de la voluntad de la mayoría, que no hay libertad sin limitación de la soberanía, sin sometimiento de la voluntad del pueblo al imperio del derecho.

En el fondo la memoria de las víctimas asesinadas, la justicia y la dignidad que reclama dicha memoria, no es otra cosa que el reconocimiento de lo que es debido a la libertad de los ciudadanos, pues algunos de ellos fueron víctimas precisamente de la negación de esa libertad: de la libertad de conciencia, de la libertad de opinión, de la libertad que se deriva del derecho a la diferencia, a la diversidad, fueron víctimas de la negación de la libertad de identidad, de la negación de la libertad de sentimiento de pertenencia. Porque sólo sobre esa libertad se puede construir la  convivencia ciudadana, sólo sobre esa libertad es posible la paz.

Lo que reclaman las víctimas a los partidos y a las instituciones políticas no es otra cosa que el que cumplan con ese deber para con la libertad en nombre de la libertad asesinada en cada una de las víctimas de ETA. Lo que reclaman las víctimas en nombre del silencio de los asesinados no es otra cosa que el que los partidos políticos y las instituciones políticas garanticen ese futuro de libertad, garanticen que Euskadi nunca podrá responder políticamente a ningún proyecto que niegue esa libertad, a ningún proyecto totalitario, a ningún proyecto excluyente por no reconocer con efectividad jurídica e institucional la diversidad y el pluralismo estructural de la sociedad vasca. En concreto: los proyecto políticos que hablan de autodeterminación y de derecho a decidir construyen un sujeto, un autos irreal, que no se corresponde con el pluralismo de la sociedad vasca, un autos que no es otra cosa que la proyección totalizante de algo parcial y limitado, y por ello necesariamente excluyente, la proyección totalizante de la visión nacionalista de la sociedad vasca.

Nadie pide que se aniquile nada ni a nadie. Lo que reclama la memoria de las víctimas es que se exija a todo el mundo no sólo que sea legal, que se atenga a la legalidad, sino que no defienda proyectos que niegan la libertad, que niegan el concepto de ciudadanía y los derechos ciudadanos. Es una exigencia obligada en democracia que no hay por qué ocultar ante nadie. Ni por razones estratégicas, y tampoco por razones tácticas.

Nadie pide que no se reconozca a las víctimas de los abusos del poder del estado: cualquier víctima del poder ilegítimo y el del Estado lo es cuando no se atiene a los límites que le impone el derecho- se une a las demás víctimas, y todas ellas en conjunto ponen de manifiesto que no hay alternativa al Estado de derecho. Pero eso no significa que las víctimas de ETA deban estar dispuestas a diluir el significado político de las víctimas asesinadas en un totum revolutum al servicio de la narrativa de los verdugos.

Es cierto: la democracia ha ganado. Sería mejor decir que la democracia va ganando en la medida en que va ganando la libertad y el derecho de ciudadanía. Pero no simplemente porque los enemigos de la libertad no tengan más remedio que aceptar la legalidad por imperativo legal, valga la redundancia. La democracia y la libertad irán ganando cuando los partidos y las instituciones públicas vayan estando a la altura de lo que exige la libertad, la democracia y el Estado de derecho, por encima de las tácticas del momento, reclamándose a sí mismos y a los demás legitimidad democrática que sólo puede existir si se defiende el Estado de derecho como garantía de la libertad, si se defiende al individuo como ciudadano por encima del individuo dotado de identidad, aunque no se niegue el valor de ésta, eso sí, siempre supeditada a no constituir fuente de derecho diferencial, como no lo puede ser ninguna confesión religiosa.

Todo esto es muy sencillo, pero en la necesidad de la ingeniería táctica del día a día, en la necesidad de diferenciarse del otro partido político, o en la necesidad de preservar el proyecto nacionalista radical a pesar de la derrota de ETA, en la necesidad de acatar la legalidad pero sin renunciar a la legitimidad de la propia historia asesina y sin renunciar al proyecto totalitario y excluyente para Euskadi, parece terminar siendo raro, poco común, por supuesto marginal y molesto. Pero la memoria de las víctimas asesinadas, la memoria de los que se quedaron sin voz porque alguien se la arrebató contra todo derecho en nombre del nacionalismo radical y revolucionario, obliga a recordar todas estas cosas, no en servicio propio, sino al servicio del conjunto de la sociedad vasca y de su libertad.

Todo esto posee una dimensión que apunta a la justicia y a los tribunales. Pero muchas veces se exige de los tribunales que diriman conflictos políticos, y no es esa su función. La justicia puede dar de sí lo que puede dentro de la extrema liberalidad de la Constitución española que, a diferencia de otras, se mantiene en el plano exclusivo de la legalidad en lo que a los partidos políticos se refiere. Pero ello no es óbice, todo lo contrario, para que el debate público sobre la legitimidad de los proyectos políticos de los diferentes partidos no tenga lugar en el espacio público. Y éste es el que falta, y esa falta de debate sobre la legitimidad de los proyectos políticos es el que carga a la justicia con tareas que no le corresponden. Los partidos políticos, en Euskadi y en el conjunto de España,  hacen con demasiada facilidad dejación de su responsabilidad de exigir a todos los actores políticos legitimidad democrática, la de sus proyectos, de sus ideas y de sus actos.  En lugar de ello se ha creado una alianza entre quienes establecen un tabú que cubre e inmuniza su proyecto político, para que no se discuta, con la excusa de que no se pueden criminalizar ideas, los nacionalistas, y los que, en el paroxismo de lo posmoderno, afirman que todos los proyectos son iguales y no se puede dictaminar sobre el valor democrático de cada uno de ellos, los progresistas. Y así se carga sobre la justicia lo que debiera ser responsabilidad de los partidos políticos: el debate exigente sobe la claridad y legitimidad democrática de los diferentes proyectos políticos. 

El matrimonio Mitscherlich, Alexander y Margarete, escribió en los años sesenta del pasado siglo un libro fundamental para el devenir psicosocial de la sociedad alemana de posguerra. En él describían lo que denominaban la incapacidad de duelo de la sociedad alemana de posguerra, una sociedad que proyectaba toda la culpa de los horrores del nazismo en el Führer, se descargaba con ello de su propia culpabilidad, no reconocía su responsabilidad en lo acontecido, y huía de todas estas preguntas sumergiéndose en la producción del milagro económico alemán.

A finales de los años sesenta del pasado siglo fue apareciendo en la Alemania de posguerra una generación que, entre otras cosas, empezó a dirigir a la generación anterior, a la generación de sus padres la pregunta: ¿y tú dónde estuviste, qué hiciste, cuál fue tu comportamiento en todo lo que sucedió?

Es difícil que las sociedades asuman colectivamente la responsabilidad que les es propia en los desastres que se producen la mayoría de las veces en su nombre. El miedo es libre, y en la sociedad vasca el miedo ha sido el pan nuestro de cada día. El miedo nos ha conformado en nuestros comportamientos. Y hemos mirado al otro lado, no hemos querido ver. Y nos hemos sumergido en la producción de nuestro propio milagro económico. O al menos en la celebración de que nos va mejor que a los otros, que somos mejores que ellos, sin preguntarnos cómo ello ha sido posible.

Lo que no sé es si vendrá alguna generación que nos pregunte: ¿y vosotros, qué hicisteis, dónde estuvisteis, cuál fue vuestro comportamiento? Aunque sólo el que aflore esta pregunta sea lo que sostenga el nervio moral de una sociedad en la historia.

El que esa pregunta no surja  todavía no es impedimento, sino más razón, para que la institución fundamental de una sociedad, la que la instituye como comunidad política, el estatuto en nuestro caso, no encarne la imposibilidad del proyecto político que sirvió para matar a más de ochocientas víctimas, y en cada uno de ellos a la libertad y al pluralismo.

El hecho de que quienes más debieran reconocer esa historia de terror y condenarla no lo hagan, no estén dispuestos a hacerlo y algunos piensen que no lo van a estar nunca  no es ninguna excusa para que los demás no la mantengamos viva en el espacio público, porque si no lo hacemos, estaremos poniendo en peligro la libertad. Y sin libertad, ¿para qué vivir?

Cuando ellos, ETA y su entorno, hablaban de libertad nosotros hablábamos de paz. Ahora que ellos hablan de paz, nosotros tenemos que hablar de libertad. Porque nunca su libertad fue la nuestra, ni su paz será la nuestra. La exigencia del momento es que seamos capaces de mantener la tensión que se deriva de esas diferencias de significado en las palabras paz y libertad.

Eskerrik asko

 

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